["No hablo yo de fantasmas, ni de Dios...
soló te cuento las cosas que se te suelen perder."]

martes, 27 de septiembre de 2011

Ultima estación… Revolución.

¡Última parada, Estación Revolución! Grito el guarda por segunda vez, anoticiando que todos debíamos bajar del tren, y con la mayor celeridad posible.
Tome rápido mi bolso de mano, me abrí paso entre la gente, y una vez fuera, el frio caló hondo en mis huesos.
Frote mis manos, como para tomar impulso, y comencé a caminar a paso apurado, ganando calor en mi cuerpo…
Una vez más el tiempo no estaba de mi lado.

Desde el andén, mientras el tren se alejaba a su descanso, ya podía verse la ciudad brillando, halos de luces, como luciérnagas, como si la gente estuviera jugando con linternas.
Pero no.
Era fuego lo que iluminaba la ciudad, que ahora, mas bien se me figuraba anaranjada.
Fogatas lejanas, como rituales medievales, mientras siluetas reflejadas en las paredes parecían bailar y celebrar en círculos.
Ni un rastro de electricidad, ni una sola luz o farol encendido.
Todo ardía.


Tome la salida
Y gane la calle.

De la nada, o mejor dicho de ese todo ante mis ojos, la palabra “decadencia”  apareció en mi cabeza tratando de significarme algo.
Delante de mí se cruzaban jóvenes y más jóvenes cargando en sus hombros llantas de autos cadavéricos para usarlas como combustible primitivo.
Hogueras.
Comercios ardiendo.
Casas a oscuras con las puertas abiertas, mientras afuera (los que parecían ser) sus dueños improvisaban parrillas, donde asaban comida para todo aquel que se acercaba.
La ciudad, cubierta de humo, parecía estar llena de trincheras.

Jamás la he presenciado, pero esto debe ser lo más parecido a una guerra civil. Mejor dicho, a las consecuencias de una, ya que no aquí había combates a la vista. Al menos no evidentes o a gran escala.
Todo eso ya había quedado atrás. Gracias a Dios.

Hacía mucho tiempo que se hablaba de este lugar, de llegar a él.
Del “como”, del “cuándo”.
Ahora era real. Aquí estábamos todos, y los que no, estaban llegando a regañadientes.
El punto era, ¿Qué hacer con todo esto?

Nunca nadie planteo “el después”, o inclusive él “para qué”. Por lo menos no de manera profunda, a fondo.
“No hay tiempo para andar perdiendo pensando en eso”, era la excusa más comúnmente escuchada desde la mayoría... A los gritos.



Mientras trataba de acomodar mis pensamientos y una mueca de tristeza espontanea se dibujaba brevemente en mi cara, una bala paso zumbando a mi lado, y un chico (más allá) con risa de hiena, pareció disfrutar del momento...
Sin culpa alguna.

1 comentario:

soy tan inerme como inerte dijo...

Aùn le siento abrumado por la cercanía de todo el desconocimiento.